HAY UNA SOLUCIÓN

HAY UNA SOLUCIÓN
Oración de la Serenidad: Dios concédeme SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar… VALOR para cambiar las que puedo… y SABIDURIA para reconocer la diferencia…

15.6.11

Extraído de...         Vivir en Sobriedad    (algunos de los métodos que los miembros de A.A. han utilizado para no beber).


La sugerencia de que si pudiéramos “permanecer abstemios” era casi insultante. Porque muchos de nosotros no nos consideramos borrachos. La abstención absoluta de no tomar bebida alcohólica de ninguna clase, es la base de recuperación del alcoholismo, una sola copa conduce al bebedor a muchas dificultades. Según la Asociación Médica Norteamericana, el alcohólico cree poder tolerar otra, y otra, y otra copa más.

El alcohólico puede aprender a controlar su enfermedad pero no podrá ingerir alcohol sin consecuencias adversas. Dejar de beber no significa estar tristes, la vida en abstención es una vida real, una experiencia fascinante.

El programa de Recuperación de Alcohólicos Anónimos está escrito y detallado en los siguientes libros: “Alcohólicos Anónimos” y “Doce Pasos y Doce Tradiciones”, en donde se tratan métodos que han sido utilizados para vivir sin beber y se invita cordialmente a ensayarlos, estén o no interesados en Alcohólicos Anónimos.

Para poder acostumbrarse a no beber es necesario reemplazar viejos hábitos por unos totalmente nuevos por ejemplo, en lugar de beber la copa que se está programando, dé unos sorbos de gaseosa o jugo de frutas en lugar de la bebida alcohólica. También hemos aprendido a no hacer o evitar algunas cosas, cosas que ponen en peligro nuestra recuperación.

El Libro del cual han sido extraídas estas ideas es como un manual sencillo que puede consultarse en distintas ocasiones y no como algo que una vez leído de una vez, para luego olvidarse. Hay dos precauciones que han demostrado de ser de mucha ayuda:

a) Mantenga una mente abierta. Si hay alguna idea que no le parezca, en vez de rechazarla mejor hágalas a un lado por u tiempo, sino cerramos totalmente nuestras mentes a ellas. Algunos de nosotros vimos en la oración una ayuda poderosa para no beber, al tiempo que otros evitaron cualquier cosa que tuviera que ver con la religión, pero todos nosotros tenemos la libertad de cambiar nuestra actitud acerca de estas ideas.

b) Use su Sentido Común, hacemos uso de una inteligencia normal y corriente para aplicar la sugerencias, si nos hace mal el comer dulces por la diabetes obviamente tendrán que buscar un substituto que no ponga en peligro su salud. ¡Tómelo con calma, pero actúe! La bebida prolongada ha causado problemas médicos en algunos casos muy serios que, sería mucho mejor buscar la ayuda médica y siempre continuar con el programa.

CONTINUARA..............

9.6.11

I N V I T A C I Ó N

Viernes 10 de Junio de 2011 en el Grupo "San Cristóbal" a la hora acostumbrada de 8 a 10 de la noche, reunión dedicada al 76 ANIVERSARIO MUNDIAL DE A.A.; breve Reseña Histórica por el compañero Jorge Rodolfo M. del Grupo "Concordia". Papiada y Agradecimientos de la Nueva Junta de Servicio.

Allá esteremos


A.A. tuvo su comienzo en 1935, en Akron, Ohio, como resultado del encuentro de Bill W., un agente de Bolsa de Nueva York, y el Dr. Bob S., un cirujano de Akron. Ambos habían sido alcohólicos desahuciados.

Antes de conocerse, Bill y el Dr. Bob habían tenido contacto con el Grupo Oxford, una sociedad compuesta en su mayor parte de gente no-alcohólica, que recalcaba la aplicación de valores espirituales universales a la vida diaria. En aquella época, los Grupos Oxford de América estaban dirigidos por el renombrado clérigo episcopaliano el Dr. Samuel Shoemaker. Bajo esta influencia espiritual, y con la ayuda de su viejo amigo, Ebby T., Bill había logrado su sobriedad y había mantenido su recuperación trabajando con otros alcohólicos, a pesar del hecho de que ninguno de sus candidatos se había recuperado. Mientras tanto, el ser miembro del Grupo Oxford de Akron no le había dado al Dr. Bob la suficiente ayuda como para lograr su sobriedad.

Cuando por fin el Dr. Bob y Bill se conocieron, el encuentro produjo en el Dr. Bob un efecto inmediato. Esa vez, se encontraba cara a cara con un compañero alcohólico que había logrado dejar de beber. Bill recalcaba que el alcoholismo era una enfermedad de la mente, de las emociones y del cuerpo. Este importantísimo hecho se lo había comunicado el Dr. William D. Silkworth, del Hospital Towns de Nueva York, institución en la que Bill había ingresado varias veces como paciente. Aunque era médico, el Dr. Bob no sabía que el alcoholismo era una enfermedad. Las ideas contundentes de Bill acabaron convenciendo a Bob y pronto logró su sobriedad y nunca volvió a beber.


6.6.11

10 de Junio 2011 76º Aniversario Mundial de Alcohólicos Anónimos (1935-2011)

El día que conocí a Bill W. (tercera parte) 
Artículo de la Revista TV ESPAÑOL  entrevista hecha por el periodista salvadoreño José Bernardo Pacheco en el año de 1967.

“Durante una de mis interminables noche de insomnio, caí al fondo del abismo, al infierno mismo
-recordó Bill- y se acabó mi terco orgullo e imploré con todas la fuerzas de mi alma: si existe un Dios, que se muestre, estoy dispuesto a todo, a todo”. De pronto su habitación del hospital se iluminó con una intensa luz blanca y un extraño éxtasis inundó y se apoderó del cuerpo de Bill. “Un viento, no del aire sino del espíritu soplaba y me sacudía intensamente; me sentí en paz y pensé que por muy malas que parezcan las cosas siempre están bien con Dios y su mundo”, me aseguró Bill.

El 18 de diciembre de 1934 Bill salió del hospital y nunca en su vida volvió a probar el alcohol, y siempre tuvo el cuidado de aclarar que la mayoría de alcohólicos no sufren experiencias como la suya. “La mayoría encuentra lentamente a su Dios, a su Ser Superior”.

Durante sus primeros meses de sobriedad Bill sacaba borrachos de las cantinas y los llevaba a las reuniones del Grupo Oxford, donde trataba crearles conciencia sobre los grandes peligros del alcoholismo pero ninguno se recuperó. Trató de ayudar a los pacientes del Hospital Towns, pero también fracaso en su intento por recuperar en su fase final a muchos alcohólicos.

Recuperado en su alcoholismo, Bill volvió al trabajo en las inversiones., pero en su viaje de negocios a la ciudad de Akron, Ohio, sintió el imperioso deseo de beber alcohol por lo que llamó por teléfono al azar, a una iglesia, y preguntó si por allí se encontraba algún alcohólico empedernido con quien poder platicar. Esta llamada lo condujo milagrosamente al doctor Robert Smith (el Dr. Bob), alcohólico desesperado que había tratado de dejar de beber y no lo había logrado...

Bill y el Dr. Bob platicaron extensamente durante varias horas. Bill no predicó, sino relató su historia y su sed imperiosa de alcohol de apagó, como se apaga con la fuerza del agua un voraz incendio que lo está convirtiendo todo en cenizas. Después de una terrible borrachera, algo similar le ocurrió al Dr. Bob quien bebió su último trago el 10 de junio de 1935, naciendo de esta manera la Sociedad de Alcohólicos Anónimos, aunque aún no tenía nombre. “Yo comprendí, en el acto, que en mi feliz encuentro con el Dr. Bob se sentía poderosamente la mano de Dios”, me confeso Bill.

En 1938 Bill escribió un libro de 164 páginas con el título de Alcohólicos Anónimos del que se vendieron pocos ejemplares, pero la hermandad siguió creciendo. En 19441, el diario THE SATURDAY EVENING POST publicó un artículo sobre alcohólicos anónimos causando gran sensación, lo que hizo brotar grupos de A.A. por todo el país y, más tarde, por todo el mundo. La semilla sembrada por Bill y el Doctor Bob había germinado dando grandiosos frutos porque el libro Alcohólicos Anónimos ha sido traducido a más de 35 idiomas y sólo en 1985 se vendieron 70 mil ejemplares, sumando en total cerca de 90 millones de copias vendidas hasta ahora y grupo que Bill inauguró en Brooklyn en 1935 tiene en la actualidad más de 250 mil grupos afiliados.

El 24 de enero de 1971 murió Bill W. a la edad de 75 años víctima de enfisema, dejando una herencia de bienestar a la humanidad como nadie lo ha hecho. El mundo entero entristeció, y dos días más tarde el diario The New York Times publicaba la nota necrológica en la primera página, conociéndose su nombre completo: William Griffith Wilson.

3.6.11

El día que conocí a Bill W.
Fundador de la Sociedad de Alcohólicos Anónimos.
(segunda parte)

Artículo de la Revista TV ESPAÑOL, entrevista realizada por el periodista salvadoreño José Bernardo Pacheco en el año de 1967. 
 
Cuando Bill regresó a E.U.A. trabajó como investigador de fraudes en una compañía de seguros mientras estudiaba para abogado en la Escuela de Leyes de Brooklyn, Nueva York. Más tarde llegó a ser un excelente analista de la Bolsa de Valores logrando inmensas fortunas para él y sus clientes, pero el alcoholismo iba imponiéndose a pase acelerado y seguro...El día de su examen final en la Escuela de Leyes esta tan ebrio que a esas alturas cualquier fracaso le servía de pretexto para emborracharse. Y cuando Bill bebía se mostraba soez, violento, intolerable e intolerante y peleaba con meseros de restaurantes, cantineros, taxistas, oficiales de policía y hasta con desconocidos sin motivo alguno. “Mi alcoholismo era, a todas luces, explosivo”, reconocía Bill.

Por las mañanas, al sentir culpa y remordimiento, Bill juraba a su esposa que nunca más volvería a beber, pero por las noches esta ebrio otra vez, y otra vez hasta el desconsuelo de su dulce Lois.

La quiebra de la Bolsa de Valores, en 1929, llevó a la ruina total a Bill, lo que no había logrado su alcoholismo. Muy endeudado se fue a vivir a la case de los padres de Lois, y mientras ella trabajaba, Bill vivía para beber, porque tenía que beber para beber para vivir. “Igual que otros alcohólicos, yo ocultaba el licor en el desván, debajo de los muebles, incluyendo mi cama o en el depósito de agua del excusado”, relató.

En 1932 Bill comenzó a temer por su salud mental, creía que se estaba volviendo loco: “Una vez, embriagado, arrojé una máquina de coser contra mi adorada Lois pero no llegue a golpearla; en otra ocasión me sentía tan mal que temía hasta el pánico que los demonios que había dentro de mi me hicieran lanzarme por la ventana del segundo piso de mi dormitorio, por lo que arrastré un colchón a la planta baja por si saltaba súbitamente”.

En 1934 Bill ingresó al Hospital Charles Towns de Nueva York especializado en el tratamiento del alcoholismo, época en que se consideraba al alcohólico una persona sin buen voluntad, sin carácter ni disciplina moral, en pocas palabras un sinvergüenza, pero el doctor William Duncan, que aseguraba que el alcoholismo era una enfermedad, le dijo a Bill que estaba en un estado tan avanzado su alcoholismo que era muy difícil su recuperación porque daba señales de grave lesión cerebral y que podría pasar hospitalizado es resto de su vida como un demente.

Bill respondió satisfactoriamente al tratamiento, se le veía robusto y fue enviado a su casa para su recuperación total. Dejó de beber alcohol varios meses, pero a la mañana siguiente del aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial, Lois lo encontró borracho aferrado a la cerca que rodeaba la casa. Bill vio que en los ojos de su querida esposa moría el último rayo de esperanza y se derrumbaba toda voluntad humana. “En ese momento yo supe que estaba condenado a la locura o a la muerte, y me resigné mi final: mientras tenga la ginebra en mis manos... un par de semanas después, tras otra borrachera, volví al hospital e ingrese voluntariamente”, recordó Bill agregando que su amigo y compañero de borracheras e infortunio Ebby Thatcher le había aconsejado que fuera honesto consigo mismo, que aceptara que estaba destrozado totalmente y que hablara con alguien y que se encomendara a Dios porque estaba liquidado. “Pero yo no quería saber nada sobre la existencia de Dios o de un Ser Superior”, dijo Bill reconociendo que se había situado voluntariamente a sólo un paso de la locura o la muerte...

Nueva Junta de Servicio en el Grupo

El grupo de A.A. San Cristóbal realizó su cambio de Junta de Servicio en Sesión de Trabajo, el pasado 30 de mayo; quedando conformada así: Pedro Z. como Coordinador, Luis L. como Secretario, Francisco P. como Tesorero, Norman M. como Encargado de Literatura, Rodolfo T. y Martha H. como vocal I y II respectivamente, por el período del 01 de Junio 2011 al 30 de Septiembre 2011.

2.6.11

El día que conocí a Bill W.
Fundador de la Sociedad de Alcohólicos Anónimos.

Entrevista realizada por José Bernardo Pacheco de la Revista TV ESPAÑOL.

En 1967 visité la sede de la Organización de las Naciones Unidas, ONU, en Nueva York, como parte de una gira de estudios por los Estados Unidos de América, ocasión que aproveché para lograr una entrevista periodística con Bill W., fundador de la Sociedad de Alcohólicos Anónimos, AA, que en aquella época tenía más de 90,000 grupos afiliados en 116 países del mundo, incluyendo Rusia y Polonia, primeras naciones detrás de la “cortina de hierro” que aceptaron los grandes beneficios sociales y de salud del programa de recuperación de A.A.

Bill W. me recibió como a un viejo amigo en la oficina central de Alcohólicos Anónimos de Nueva York el 12 de enero de 1967, día que conocí a este extraordinario “hombre ordinario”, reconocido por el mundo como el más grande arquitecto social del siglo XX.

Bill W. me recibió por mi gran interés demostrado en conocerlo y, en especial, como él me lo dijo: “Porque tú vienes de El Salvador, un país que yo admiro mucho por ser la tierra extranjera más fértil donde germinó y dio frutos extraordinarios el programa de recuperación de Alcohólicos Anónimos”. Su admiración por mi patria –le respondí a Bill W. – nos enorgullece a los salvadoreños. A todos.

Nadie ha tenido una historia más grande que contar, como la propia vida de Bill W. y el nacimiento de Alcohólicos Anónimos; “Un cuento para irse a dormir”, Como él lo decía con toda humildad. Bill W. nació el 26 de noviembre de 1895 en la ciudad de Dorset, Vermont, E.U.A. Cuando él tenía 10 años de edad sus padres se divorciaron y quedó a cargo de sus abuelos maternos. En aquella época, 1906, un divorcio era desastroso para la familia, y para un niño, peor... Para contrarrestar su soledad y angustia el pequeño Bill tenía que hacer grandes esfuerzos para sobresalir; a los 12 años de edad comenzó ambición y espíritu de competencia al destacarse en la música, los deportes y las ciencias. Con sus frágiles manos reparó un violín roto y practicó con el hasta llegar a ser el primer violinista de la orquesta de su escuela. Sin ser un atleta por naturaleza se esforzó y logró ser el capitán del equipo de béisbol.

Bill bebió su primer trago de alcohol a los 22 años de edad cuando era oficial del Ejército de E.U.A durante la Primera Guerra Mundial, en 1918. El tímido Bill se sentía incómodo y marginado en las reuniones, hasta que alguien le dio de beber un cóctel de ginebra y vermut mezclado con jugo de naranja. “Aquella enorme barrera que me había separado de los demás se derrumbó y sentí inmediatamente que ya pertenecía al grupo, que era yo parte de la vida; cuanta magia había en aquellas bebidas alcohólicas, podía hablar, reír con seguridad y ser muy ingenioso” , creía Bill, convirtiéndose desde un principio en un bebedor compulsivo, fue de esas personas a las que el alcohol les altera destructivamente el cerebro y las emociones, y ya no tienen control después de beber el primer trago que provoca el imperioso deseo del segundo, el segundo del tercero, el tercero del cuarto... y así hasta la tragedia que puede ser la locura, la cárcel o la muerte como punto final.


En 1913 Bill conoció a Lois Burnham esbelta y refinada muchacha de una adinerada familia de Nueva York, y se enamoró decididamente de ella. El amor de Lois por Bill fue tan apasionado, puro y constante, que resistiría los tormentosos y trágicos años del alcoholismo de Bill, quien ya casado con Lois viajó a Francia luciendo sus insignias de teniente de artillería y, al finalizar la Primera Guerra Mundial, en 1918, había demostrado Bill que era un triunfador, un líder de hombres destacados, un héroe como pocos.

Continuará...

25.5.11

HOMBRES EN FUGA

Derechos Reservados: Se autoriza la reproducción de los textos sin fines comerciales, y con referencia a la

Este libro es un homenaje a Alcohólicos Anónimos. Agradeciendo a los grupos A. A. la
ayuda que directa o indirectamente le han proporcionado, el Autor advierte haber puesto
la mayor atención en respetar el principio del anonimato. A quienes, sin embargo,
imaginen verse reflejados en algún personaje, el autor les recuerda que las historias de los
alcohólicos son, según una expresión corriente en los grupos, copias al carbón: invoca por
lo tanto otro principio, el de la tolerancia.

Juan Manuel, quien el año pasado por estas mismas fechas era aún, —él que tal
vez no haya llegado a los treinta años de edad— la encarnación del caos físico y moral,
un caos lindante con la abyección, ha establecido diligentemente, al levantarse hoy a
las siete de la mañana, el empleo de su jornada. Saldrá de la oficina —trabaja como
supernumerario en la Secretaría de Educación Pública— a las dos y media en punto.
Puesto que es viernes, irá de inmediato, tomando un atiborradísimo autobús, al
Centro Asturiano, donde una vez por semana algunos miembros del grupo Valle de
México tienen por costumbre reunirse en una salita, llamada «de los borrachos», para
consumir una comida abundante y abundantemente enriquecida de bebidas
multicolores. La comida cuesta casi cincuenta pesos, suma que Juan Manuel no
puede permitirse gastar sino en circunstancias excepcionales; pero ayer por la tarde,
tras haberlo comentado así con los compañeros que lamentaban sus frecuentes
ausencias, fue invitado formalmente por Julito G., que, con su joven esposa Gabriela,
le demuestra una simpatía muy viva. Es de prever que la comida, amenizada por los
chascarrillos quizá excesivos de Teodoro, durará hasta las cinco; a esa hora Juan
Manuel irá al dentista, que tiene el consultorio no muy distante, en Baja California
esquina Nuevo León, y allí presumiblemente permanecerá, ¡ay!, hasta las siete. A las
siete y cuarto tiene cita con Pilar delante del Café de las Américas; de allí, a pie, irán a
la junta del grupo Matt Talbot.

Pilar es una española de edad indefinible que se presentó en el Matt Talbot hace
dieciocho días con un apasionamiento evidente: marca de un apuro desgarrador.
Elegante, o más exactamente distinguida, y sin ningún esfuerzo, su piel es trigueña,
sus ojos son de un verde que desconcierta, y el cabello lacio le enmarca el rostro de
pómulos altos, macerado: hace pensar, ha dicho ayer Bartolo E, el insolente, en una
hija más o menos ilegítima de Isabel la Católica y de Cristóbal Colón el navegante.
Juan Manuel la considera algo suyo en el sentido de que, habiéndola visto llegar, en
estado de visible angustia y acompañada de un caballero que luego resultó ser su
marido, a la entrada del edificio del Matt Talbot, se le acercó, obedeciendo a un
impulso de afecto, y le habló, la acompañó casi sosteniéndola, por las escaleras, y la
hizo sentarse junto a ella —el marido, por supuesto, se había quedado en la calle—. Le
preparó un café, y luego, al terminar la junta —que no se distinguió ni por su
esplendor estético ni por su delirante alegría—, la invitó a que lo siguiese al Valle de
México, donde los miembros se reúnen más tarde. Pensó que una señora como
aquélla habría de sentirse más a gusto en el Valle de México, ya que, si bien es cierto
que la institución se halla señalada por la igualdad —la muerte es democrática— no es
menos cierto que cada uno de los grupos tiene características propias, por lo que todo
compañero o candidato a compañero escoge libremente el que le parezca más idóneo
para los efectos de su salida de la muerte.

Y Pilar volvió al Valle de México, todos los días. Dieciocho días constituidos por
tantas horas interminables: dieciocho días pueden ser la eternidad. Lo que tiene
detrás de sí es lo que se comienza a saber. La historia habitual: el inimaginable
horror. En su caso duró, al parecer, una decena de años. De los que estuvo cinco en
tratamiento psicoanalítico: en vano. «La locura, en comparación, es...», ha dicho
Dionisio, su marido; y no ha terminado la frase. La impotencia roe el vocabulario.
Ayer por la noche Juan Manuel invitó a Pilar a que fuese con él al Matt Talbot —
donde ella no ha vuelto más después de la primera vez— porque se iba a celebrar el
quinto aniversario de Feliciano, al que llaman el Jovenazo. Un alma de Dios si acaso
ha habido alguna: así lo dicen todos. Es un anciano gordo, pobremente vestido de
gris, que anda trastadbilleando, sin cultura y sin un centavo: nada tiene salvo la
gracia de Dios.

«Es un alma de Dios —le dijo Juan Manuel a Pilar— y aunque no sabe poner tres
palabras en fila, cuando abre la boca emana fuerza, emana una bendición, y también
cuando está callado hay en torno a Feliciano el Jovenazo, una luz. ¿Irás? Mañana a las
siete y cuarto en punto de la tarde estaré frente al Café de las Américas. ¿Irás?»
«Iré.»

«Y luego, después de la fiesta en el Matt Talbot, iremos al Valle de México;
todavía nos quedará una media hora, hasta las diez; luego iremos al Sanborns, como
siempre, y allí podrás reunirte con Dionisio: estará Griselda con su marido Ignacio,
estará Jorge M. con su esposa Covadonga, estará Miguelito, estará...»
Mientras corre al dentista, y la noche se cierne sobre la Ciudad de México, Juan
Manuel es feliz pensando en la velada que lo espera.

***Gracias por seguir visitando nuestro blog, especialmente los compañeros del Área 19 de Mixco y nos vemos en el próximo tema. Ya saben pueden escribir a chamelcoav06@yahoo.es